LA RELIGIÓN CRISTIANA
Es la religión que toma el nombre de Cristo, el ungido,
el consagrado por el Señor, apelativo atribuido a Jesús de Nazareth, quien
nació, según nuestra cuenta, entre el año 7 y el 4 a.C. A sus seguidores se les
llama cristianos. Si el nombre de Jesús era bastante común entre los hebreos,
el de Cristo se usaba originariamente como título mesiánico; solo después Jesús
Cristo se entendió como nombre único.
Entre las grandes religiones el cristianismo es la que
reúne el mayor número de fieles (casi mil millones y medio, o sea 32% de la
población mundial) y alcanza la mayor difusión geográfica, sobre todo en Europa
y América Latina. Es religión del Estado de Gran Bretaña como religión
anglicana, en Finlandia y Noruega (religión evangélico-luterana), en Bolivia,
Colombia y Paraguay (catolicismo romano). El jefe de los católicos es el Papa, quien vive en la Ciudad del
Vaticano, de la cual es también su soberano temporal.
Siendo el Cristianismo la religión más conocida por los
occidentales, daremos solo unos pocos
datos sobre la vida de Cristo y nos concentraremos en los contenidos
religiosos del pensamiento cristiano para identificar su núcleo de origen y,
poco a poco, los sucesivos desarrollos. Señalamos enfáticamente el valor
histórico de las fuentes. Si las discusiones teológicas de los primeros siglos
del cristianismo partían de la premisa común de aceptar la realidad
sobrenatural y la inspiración divina de los textos sagrados, a partir del
Iluminismo nació un interés por la crítica
histórica que nos permitió leer los
textos bíblicos con el fin de encontrar en ellos señales de las distintas
etapas de su composición.
Aun hoy se pueden fijar puntos universalmente aceptados:
la historicidad de Jesús. Nacido de una mujer, vivió en un determinado período
y ambiente histórico sobre el cual conocemos datos precisos y circunstanciales.
Los textos escritos que se poseen en la actualidad son el punto de llegada de
un largo trabajo de fijación literaria del material catequístico predicado
antes de forma oral y “adaptado” al oído de un público.
Los libros del Nuevo
Testamento, como veremos, son también el producto de un cierto ambiente
histórico, sujeto por lo tanto a ciertos criterios de composición y finalidades
precisas.
Vida de Jesús
Jesús, hijo de familia hebrea descendiente de David,
nació en Belén en los últimos años del imperio de Augusto, cuando Herodes era
el rey de Palestina. Su nacimiento fue un hecho sobrenatural ya que María,
esposa prometida de José, supo gracias al ángel Gabriel que había concebido un
hijo por obra y gracia del Espíritu Santo. Jesús, según la costumbre hebrea,
fue conducido por sus padres al templo de Jerusalém, donde el viejo Simeón
profetizó que sería el salvador de todos los pueblos.
Escapando de Herodes, quien había ordenado matar todos
los niños recién nacidos de Belén, Jesús y su familia huyen de Egipto y se
establecen en Nazareth.
La historia de la infancia de Jesús se encuentra narrada
en el Evangelio de San Lucas, al lado
de la de Juan Bautista (quien representa el momento bautismal mesiánico). Juan,
alcanzado por la palabra de Dios en el desierto, se dirige a las riberas del
rio Jordán exhortando a todas las gentes
al bautismo mediante la inmersión en sus aguas y la confesión de los pecados. Según
el Evangelio de San Marcos, también
él bautizó a Jesús, y fue precisamente en esa ocasión cuando recibió de Padre
Celestial la confirmación de su propia misión: (Mc. 1, 9). Después de esta
experiencia Jesús se retira en el desierto y se impone ayuno de cuarenta días
durante los cuales sufre la tentaciones del demonio, hasta que lo rechaza
definitivamente.
Antes de cumplir los 30 años, Jesús
inicia su misión pública en Galilea: se rodea de un grupo de discípulos (entre
ellos también mujeres) con quienes recorre toda Galilea, localizándose
particularmente en Cafarnaúm y en la región del lago Tiberíades. Su propósito es el de enseñar las Escrituras en las sinagogas, aunque
interviene también en las disputas sobre la validez de la ley del Antiguo Testamento.
Jesús anuncia una buena nueva (eu-angelion): el advenimiento del reino
de Dios. Por eso, exhorta a los hombres a cambiar su modo de pensar y de
actuar. Pero la novedad estriba sobre todo en el hecho de que tal mensaje se
dirige a todos: hebreos y no hebreos, adultos y niños, hombres y mujeres,
justos y pecadores, y también a los oprimidos y perseguidos, a quienes Jesús
llama beatos en el célebre pasaje de las “bienaventuranzas” (Mt. 5, 3-10).
La doctrina y la obra de Jesús
suscitaron agrias hostilidades entre sus contemporáneos. Si los hebreos se
escandalizan con las posiciones de Jesús ante los preceptos tradicionales, los
romanos lo consideran un peligroso jefe político. Por esta razón, con ocasión
de un viaje a Jerusalem en la época de Pascua y no obstante haber sido alabado
como mesías, Jesús fue arrestado y condenado a muerte por crucifixión (según la
costumbre romana de ajusticiamiento de malhechores y sediciosos). En el año de
su muerte, el 30 d.C. según los cálculos más serios, el procurador romano era Poncio Pilatos.
Dicen los Evangelios que Dios no
abandonó a su Hijo en el sepulcro sino que lo resucitó y lo elevó hacia Él para
tenerlo en su gloria.
Los textos sagrados del
cristianismo
Tanto para el judaísmo como para el
cristianismo, el término Biblia
designa las Sagradas Escrituras; es
decir los textos que expresan la palabra de Dios, esenciales para la fe y la conducta de los fieles. (Véase el
capítulo sobre el hebraísmo en cuanto se refiere a la Biblia Hebrea).
La Biblia
cristiana comprende dos partes: el Antiguo
Testamento (o Biblia Hebrea) y el
Nuevo Testamento, escrito en griego.
Sobre el Antiguo Testamento (fuera de
lo que se dijo en el capítulo anterior) puede añadirse que representa para el
cristianismo el período anterior a la venida de Cristo. Debe abordarse con
criterio unitario con el Nuevo Testamento.
Es importante detenernos en la
divergencia que existe entre protestantes y católicos acerca de la autenticidad
de estos textos. Los primeros aceptan el canon adoptado por los hebreos y
consideran auténticos solo los escritos redactados en este idioma. A diferencia
de la religión hebráica, que tiene un total de 24 libros, el protestantismo le
confiere validez a 39 (duplicando los libros de Samuel, los Reyes, Esdra y
Nehemías, Crónicas y profetas menores). Los católicos y los ortodoxos añaden a
estos 39 texto, siete sacados de la antigua traducción griega de los Setenta: Judith, Tobías, Macabeos, dos libros, Sabiduría, Eclesiastés o
Siracide y Baruc, para un total de 46 libros.
El Nuevo Testamento comprende 27
escritos divididos en tres grupos: 1. Cinco textos de contenido histórico (los
cuatro Evangelios y los Actos de los Apóstoles). 2. Escritos de carácter
doctrinal y moral (21 cartas apostólicas). 3. El texto profectico por excelencia:
el Apocalipsis de Juan.
1. Los Evangelios, o buena nueva, son cuatro y se titulan con el nombre de
sus autores: San Mateo, San Marcos (el más antiguo), San Lucas y San Juan. Los
primeros tres relatan los hechos con tal
concordancia entre ellos que se puede seguir la narración en forma paralela;
por esta razón se les llama Evangelios
Sinópticos. Su estructura es (con pequeñas variaciones) la siguiente: present5ación
de Jesús, descripción de su obra y de su mensaje, relaciones con los discípulos
y con los opositores, su humillación durante la pasión y la gloria de la
resurrección. Como ofrecen al lector no solo el anuncio salvador de Jesús sino
también la vida y las acciones de Cristo, adquieren un significado
histórico-biográfico y un valor de menaje religioso.
En
cambio el Evangelio de Juan, escrito
hacia el año 100, presenta un estilo, una estructura y un contenido muy
distintos a los de los Evangelios Sinópticos: la figura de Cristo asume el
significado de Hijo eterno de Dios y portador de la salvación. Se ponen en
primer plano los contenidos doctrinales del mensaje, evidenciados por temas: la
luz y las tinieblas, la vida, la verdad, el mundo, la gloria de Cristo, su
misión.
Los
Actos de los Apóstoles, que se remontan a los años 95 – 100 y le atribuyen al
evangelista Lucas, narran la primera expansión de la Iglesia a través de la
obra de los discípulos. Se refieren particularmente a la comunidad de Jerusalem
(guiada por los apóstoles Jacobo y Pedro) y a la actividad de Pablo en su
peregrinaje desde Palestina hasta Roma.
2. Las cartas apostólicas son
libros didácticos que resuelven dudas, aclaran doctrinas, hacen exhortaciones
con el fin de dirimir controversias, etc.
Las
primeras catorce (no solo por su orden) pertenecen a Pablo, el gran teólogo de
la nueva revelación y toman el nombre de los destinatarios: Romanos, Corintios
I y II, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colonenses, Tesalonicenses I y II,
Timoteo I y II, Filemón, Tito, Hebreos. La carta a los romanos (escrita a la
comunidad cristiana de Roma con el objeto de prepararla para la visita de
Pablo) no es solo la más larga, sino la más importante por su contenido
doctrinario y teológico, y por las consiguientes interpretaciones.
Fuera
de las cartas de Pablo, pertenecen a este grupo las Siete cartas católicas, dirigidas a la Iglesia y designadas con el
nombre de su presunto autor: Jacobo, Juan (tres), Pedro y Judas (dos cada uno).
3. El Apocalipsis de Juan o Revelación de Juan, como se llama en el
ámbito protestante, es uno de los libros más difíciles del Nuevo Testamento. Escrito probablemente alrededor del año 90, se
propone consolar a los fieles golpeados por las persecuciones de Domiciano y los invita a la esperanza del regreso de
Cristo, quien completará su reino de justicia y de paz, simbolizado en la
Jerusalem Celestial.
Estos escritos del Nuevo Testamento, en el orden en que los
hemos presentado, el que ratifica el actual canon, (del griego, medida o
norma), constituyen la revelación divina y tienen por lo tanto un valor
normativo. Tal canon se fijó en el siglo VI y de esta manera la Biblia se tradujo a unas 1200 lenguas y
dialectos. Para los católicos, la traducción latina de S. Jerónimo, llamada Vulgata, fue fundamental; en cambio los
protestantes consideraron oficial la traducción alemana llevada a cabo por
Martín Lutero (del Nuevo Testamento
en el año 1521 y del Antiguo Testamento
en el año1523-24). Esta traducción, además de señalar un momento importante y
decisivo para la Reforma, representa una etapa significativa en el desarrollo
de la moderna lengua alemana.
Contenidos Doctrinarios
Dios
De la matriz judía llega hasta el
cristianismo la concepción de Dios único, señor de todas las cosas que acaba
con toda la distinción racial, un Dios de todos. Reúne junto a los caracteres
de justicia, omnipotencia, grandeza y Fidelidad, los del padre amoroso y
generoso que instaura con sus hijos una particular relación de intimidad.
A diferencia de otras doctrinas
religiosas contemporáneas, el cristianismo exhibe una concepción sólida y clara
sobre la trascendencia de Dios respecto de todas las cosas. Por consiguiente,
se precisa la idea de la creación desde la nada y sus consecuencias relativas:
el inicio del mundo en el tiempo, su fin, su insuficiencia. Dios vigila
continuamente lo creado y este permanente acto creador se define como Providencia, para indicar el poder de
Dios sobre los acontecimientos y sobre la vida humana.
Otro eje teológico del cristianismo es
la representación trinitaria de Dios: cuando Jesús confía a los apóstoles su
encargo misional (volver discípulos a todos los pueblos), expresa la Trinidad en la fórmula bautismal:
“Bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28,
19)
La trinidad indica la fe en tres
persona divinas (el Padre es Dios, el hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios),
que conforman un único Dios: no se trata de triteísmo sino de monoteísmo. En
una sola naturaleza divina están comprendidos el Padre, que no fue generado por
nadie, el Hijo, nacido del Padre antes de todos los tiempos, y el Espíritu
Santo, que desde la eternidad viene del Padre y del Hijo. Esta doctrina de la
Trinidad se formuló en los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381) y
las principales Iglesias cristianas lo reconocen.
Jesús Cristo el Salvador
Si es incierto que el judaísmo tuviera
una concepción clara del pecado original de la humanidad, hay que afirmar que
el cristianismo basó en este concepto se visión de la realidad e hizo de la
salvación del hombre un punto nodal de su doctrina. Según el relato del Génesis
(3, 1-24), Adán y Eva, la primera pareja humana símbolo de la humanidad entera,
pasaron del estado de la perfección otorgado por Dios al pecado original, raíz
de todos los pecados (como lo afirma también Pablo en Romanos (5, 12-21)).
Sobre el tipo de pecado, el modo y el
grado en el cual se transmite a cada hombre, no hay un acuerdo entre las
iglesias y los estudiosos. En síntesis, puede decirse que cualesquiera sea el
elemento material que lo representa, el pecado ha de entenderse como
desobediencia alimentada por la soberbia, como un acto de orgullo. Las
consecuencias de este acto para las Iglesias Orientales y para la Iglesia
Romana son: pérdida de los dones sobrenaturales, de la gracia divina y debilitamiento de la voluntad del hombre.
Las Iglesias Protestantes, por el contrario, hablan de una consciente y radical
corrupción de la naturaleza humana: cada hombre, en cuanto hombre, es un
pecador frente a Dios desde el momento en que nace, es un ser irremediablemente
corrupto.
En todo caso, para todas la iglesias
del pecado original nace la necesidad de una acción salvadora, de una
redención; y con ese fin Dios ha enviado a la tierra a su Hijo, el Salvador.
El Cristo
La doctrina que trata todo lo
relacionado con Jesús Cristo, llamada cristología, es una de los aspectos más
complejos del cristianismo. Sólo alcanzó una formulación definitiva después de
largas discusiones, a lo largo de los siglos que van del IV al VII, y aún así,
algunas opiniones permanecen divididas.
Sin duda el Jesús de los Evangelios Sinópticos no es
explícitamente el Salvador, como lo encontramos en los textos de Pablo; o el
portador de una nueva vida, como lo vemos en los de Juan. Pero en todos ellos se advierte la consciencia de
su misión y del cumplimiento de una tarea. Se afirma en forma categórica el
carácter mesiánico de Cristo, la convicción de que era el esperado, aunque se
presentara de manera distinta a las expectativas del pueblo hebreo. En un
segundo momento se afirma también el concepto de regeneración (como regreso a
una condición primitiva), vigorosamente trazado por Pablo en su cuestionamiento
sobre la oposición existente entre el primer Adán y el segundo Adán, o sea
Cristo: el uno, culpable y causa de muerte de todo el género humano; el otro,
Hijo de Dios que se hizo hombre, el justo por excelencia, causa de vida para
todos gracias a su muerte voluntaria en la cruz, a su resurrección y ascensión.
Estrechamente vinculado con cuanto se
ha dicho, está el problema relativo a la divinidad y la humanidad de Cristo,
que se recuerda vivamente en la complejidad de la cristología: si en el
Concilio de Nicea (325) se afirma que Jesús Cristo es el verdadero Hijo de Dios
y tiene la misma naturaleza del Padre (en griego homousios), en el Concilio de Caicedonia (451) se sostiene que en
Cristo están presentes dos naturalezas (divina y humana), unidas en manera
indivisible peor no mezcladas (en griego
hypostasis).
La
antropología cristiana y la enseñanza moral
Antes de ver cómo se desarrolla
este itinerario de salvación puesto en marcha con la venida de Cristo, es
necesario reflexionar sobre la concepción del hombre según el cristianismo y
sobre el contenido ético de esta religión.
En la Biblia, del Genesis al
Apocalipsis, proliferan las referencias antropológicas que ofrecen una visión
poliédrica y compleja del ser humano. Para sintetizar, puede aseverarse que al
hombre se concibe en una triple y esencial relación: con Dios, del cual fue
creado a imagen y semejanza como su obra maestra, relación que le confiere una
posición privilegiada en el universo; con el mundo natural, con la tierra (en
hebreo adamah) y, por último, con los
otros seres humanos. Como se dice en la Biblia: “Dios creó al hombre a su
imagen y semejanza, hombre y mujer los creó” (Gen, 1, 27); de donde cabe
interpretar que la forma de interacción con Dios, como relación de amor, es el
fundamento de la relación interpersonal.
De aquí se desprende la
relevancia de la persona humana en el cristianismo; en las mismas Escrituras se afirma su valor
ultracorpóreo (o inmortalidad): el hombre vive por un soplo de Yahvé y es iluminado por la luz del Logos (Mateo, 16, 26). Una
característica del cristianismo es la ausencia de una contraposición dualista
entre alma y cuerpo, ya que la primera, aunque continúa existiendo después de
la disolución del segundo, esté destinada a reasumirlo al final de los tiempos
y el ser humano será salvado enteramente. Como dice Pablo en la 1 Carta a los
Corintios: “Los muertos se despertarán incorruptibles”.
La centralidad en el ser
humano surge de un hecho principal: no se encuentra subordinado a ninguna
finalidad mundana y su relación con los demás seres y cosas se presenta como un
medio y jamás como un fin. El fin del hombre es solo Dios, Él se dirige la
responsabilidad individual a la cual está ligado el destino de cada uno.
Se da gran importancia a la
libertad personal y a la libertad escogida, lo que trae como consecuencia un
dominio del hombre sobre sus acciones, el mérito y el desmérito. Además, se
afirma el concepto de la interioridad humana del bien y del mal, y la
superioridad de los intereses espirituales sobre los temporales (con grandes
posibilidades de vuelcos sociales y políticos, que Jesús no consideró): el mal
se encuentra más en la voluntad que en la carne o la materia,
no como se muestra en cierto malentendido platónico que así lo hacía creer en
el pensamiento griego. El valor o la virtud de una acción n o dependen del
éxito, sólo de la intención y de la voluntad del hombre, voluntad de la cual se
revela sólo un aspecto en la parte exterior.
Antes de terminar esta parte
sobre la ética cristiana es preciso retomar cuanto se ha dicho sobre el pecado
original: si el renacimiento espiritual del hombre resulta posible gracias al
sacrificio de Cristo, las corrientes cristianas se dividen según la concepción
de este camino de reconciliación.
Las Iglesias Orientales y la
Iglesia Romana consideran que los hombres reciben ayuda y apoyo del Espíritu
Santo y con sus buenas obras pueden merecer la gracia divina y ganar la
felicidad eterna. Las Iglesias Luterana y Calvinista, por el contrario, señalan
que el estado del hombre es el de un constante pecador frente a Dios y afirman
que tal estado se modifica sólo con la justificación de Cristo (concepto
fundamental de Pablo), o sea únicamente por su voluntad.
En otros términos si los
hombres no pueden iniciar por sí solos el renacimiento, éste adviene como la
ayuda exclusiva del Espíritu Santo. Ayuda que se entrecruza con la doctrina de
la predestinación, desarrollada sobre todo por Calvino: Dios salva con la
gracia a aquellos que con su inescrutable destino han elegido una vida santa y
el éxito en el mundo es apenas un signo visible de ésta elección.
La gracia de Dios, invisible
directamente, se imparte mediante símbolos visibles: los sacramentos. Los católicos consideran que los sacramentos producen la gracia ex
opere operato (según la intención de Cristo) independientemente de la
persona que los imparte y en unión con la intención de quien los recibe (que
debe estar libre de pecados, ex opere
operantis). Para las Iglesias Orientales y la Iglesia Romana los
sacramentos son siete: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción
de los enfermos, sacerdocio y matrimonio. Las Iglesias Luteranas y las reformas
reconocen sólo dos sacramentos: bautismo y eucaristía.
Regresando a la ética,
estrechamente unida a este mensaje soteriológico
y con su carga escatológica (la instauración del reino de Dios largamente
preparado y alcanzado en la plenitud de los tiempos), podemos ver que en vista
de la venida del reino, el empeño ético del cristiano se concreta en la
“conversión”, o metanoia, que aparece
como respuesta al don de la gracia: la acción moral prescinde de una recompensa
y debe entenderse solo como respuesta al don recibido.
El principio de la conducta
es, según las mismas palabras de Jesús, el amor o ágape, que en el Nuevo Testamento
significa amor de Dios, ejemplificado en el amor recíproco entre los seres
humanos.
Como se observa en la Parábola del Buen Samaritano, Jesús no
circunscribe el amor del prójimo a los compatriotas, sino que lo promulga entre
todos los hombres que, como hijos de Dios, son hermanos; y también entre los
enemigos, consagrando de este modo la anulación de cualquier formalismo y
barrera jurídica en nombre de la universalidad existencial.
Junto al precepto del amor,
encontramos en el Nuevo Testamento los Diez
Mandamientos que resaltan la tradición hebrea y que mantienen aquí su valor
de decálogo, aunque presenten un orden distinto en los diversos catecismos
cristianos. Para los católicos, existe además la observación de otras normas y
prohibiciones que, para distinguirlas de los mandamientos, se denominan
“preceptos de la Iglesia”. Los cinco más importantes son: 1. Santificar las
fiestas. 2. Participar en la misa. 3. Realizar ayuno y abstinencia. 4.
Confesarse al menos una vez al año. 5. Comulgar al menos una vez al año en
Pascua.
Iglesias e instituciones
eclesiásticas
Después de la muerte y la
resurrección de Cristo, sus discípulos comenzaron a reunirse para orar y
celebrar juntos la eucaristía. Más adelante se dedicaron a suministrar el
bautismo y a invocar el don del Espíritu Santo: se construyó de esta manera de
la primera comunidad cristiana de Jerusalem.
Tras la revuelta hebrea contra
los romanos (66-70), la comunidad se trasladó a pella, en Transjordania, y
conservó las características de comunidad judeo-cristiana. La distancia frente
al judaísmo, y por lo tanto el primer cristianismo, se desarrolló del año 70 al
150 d.C. cuando concluyó el período post-apostólico.
En el curso de la historia han
existido varias comunidades e Iglesias que se diferencian entre sí por la
profesión de fe. Las mayores iglesias organizadas hoy son: la Iglesia Católica,
las Iglesias Orientales, las Iglesias Protestantes y la Iglesia Anglicana.
La Iglesia Católica es
considerada originalmente como la Iglesia total, universal (katholikos en griego quiere decir
universal) Jesús mismo la fundó con Pedro a la cabeza (quien recibió una
primacía de jurisdicción que debe perpetuarse a través de los siglos). Era una
comunidad con fines religiosos y una estructura monárquico-jerárquica de
ordenación y magisterio. Sucesor de Pedro en la primacía universal es el obispo
de Roma, o Papa, quien guía a todos
los arzobispos y obispos de su Iglesia. El Papa
tiene poder jurisdiccional sobre los obispos, pero no el privilegio de la
infalibilidad: no puede equivocarse en materia de fe cuando hace afirmaciones
doctrinales y morales ex cáthedra (emanadas
de la cátedra apostólica de Pedro). Los Concilios Ecuménicos de todos los
obispos católicos, realizados bajo la orientación del Papa, desempeñan una importante función de guía para la Iglesia.
Después de la Reforma, el
término católico adquirió una connotación de corriente que permite distinguir
las iglesias que siguen a Roma de aquellas que reconocen la autoridad del
protestantismo, producto de la Reforma.
Actualmente los católicos son
el 57% de todos los cristianos (más de 884 millones) y se dividen en dos
corrientes principales: Iglesia Católica-Oriental o Iglesias Unidas. Éstas
últimas cuentan con cerca de nueve millones de fieles y son iglesias que
mantienen el rito oriental y la lengua litúrgica de su país, pero reconocen la
primacía del Papa y la comunidad con
la Iglesia de Roma.
Las Iglesias Orientales son
las que aparecieron en el antiguo Imperio Romano de Oriente, o las que se
desprenden de él. Las más numerosas son las Iglesias Ortodoxas, llamadas así
porque aceptan las orientaciones de los Concilios de Nicea, Efeso y Calcedonia
(en contraposición a los Arianos, Nestorianos y Monofisitas, que constituyen
otras Iglesias Orientales). Los fieles ortodoxos son cerca del 1.8% de todos
los cristianos (casi 130 millones). Estas iglesias ortodoxas, aunque coinciden
en la doctrina y las formas del culto (practican todas el culto bizantino), se
definen así mismas como “autocéfalas” (autos=propio,
kephale=cabeza): cada una tiene un
jefe nacional y solo reconocen una cierta primacía al patriarca de
Constantinopla (cabeza de las sedes metropolitanas). Otros patriarcados
importantes actualmente son los descendientes de los cuatro antiguos de los
primeros siglos del cristianismo: Alejandría (sede actual en el Cairo),
Antioquia (sede actual, Damasco9, Jerusalén y Constantinopla. También estas
iglesias presentan una estructura jerárquica articulada en tres grados:
diáconos, sacerdotes y obispos.
La principal iglesia ortodoxa
es la rusa, con el patriarcado de Moscú. Con la caída de Constantinopla (1453),
el mentor de esta iglesia se autodenomino Patriarca de la “Tercera Roma” para
subrayar su importancia como preceptor del mundo ortodoxo.
Otras iglesias orientales son,
como hemos dicho, los Nestorianos y los Monofisitas. Los primeros toman su
nombre de Nestorio, patriarca de Constantinopla del 428 al 431, siguen el rito
caldeo y como lengua litúrgica usan el sirio.
Los Monofisitas (en griego monos, fysis = naturaleza) solo le reconocen un valor divino a la
naturaleza de Cristo. Aunque esta doctrina fue condenada en el Concilio de
Calcedonia (451), con ella se relacionan todavía hoy la iglesia Copta (o
Iglesia Cristiana de Egipto), la Etíope
(iglesia presente en Etiopía y caracterizada por la liturgia protocristiana),
la Jacobita (que se divide en siro occidental
y siro malabárica, presente este
último en India) y la Armenia (la más antigua iglesia autocéfala de Oriente,
llamada también Iglesia Gregoriana).
Las iglesias protestantes
nacieron en el siglo XVI después de la Reforma y se desarrollaron
originariamente en Alemania por obra de Martín Lutero (1483-1546). Tomando como
pretexto las indulgencias y la corrupción de la iglesia de Roma, Lutero
presento contenidos doctrinarios inéditos y renovados. Si el término
protestante viene de la “solemne protesta” o testimonio explícito en la dieta
de Spira, los fieles mismos prefieren definirse como evangélicos, toda vez que
el espíritu de la Reforma fue el de renovarse en forma en forma radical según
el Evangelio y el cristianismo
primitivo.
Los protestantes cuentan hoy
con cerca de 292 millones de seguidores, o sea el 18% de todos los cristianos.
Al interior de las iglesias evangélicas se distinguen: los luternanos (casi 43
millones), presentes sobre todo en Alemania; los reformados, comunidades que
siguen las doctrinas de U. Zwinglio (1484-1531) y de J. Calvino (1509-1564)
presentes en Suiza, Alemania y los Países Bajos (en Inglaterra y los Estados
Unidos toman el nombre de presbiterianos y su número total de fieles es 32
millones); y los puritanos, también de ascendencia calvinista, presentes en
Escocia, Inglaterra y Norte América. Otros grupos menos importantes son los
bautistas, los metodistas y los cuáqueros. Mencionemos también una iglesia
cercana al protestantismo, la Valdesa, fundada en 1176 por un comerciante de
Lyon, y que preconiza una idea rigurosa sobre la pobreza evangélica.
La organización interna de las
iglesias evangélicas es de tipo presbiterial: Cada comunidad goza
de una administración autónoma en donde los presbíteros
(en griego = los más ancianos) forman bajo la presidencia de un pastor un consistoire o presbiterio, que debe asumir cuatro funciones espirituales: el
anuncio de la palabra (reservado al pastor y a los predicadores), la enseñanza
(reservada a los doctores), el gobierno de la comunidad ( tarea del
presbiterio) y la función de ayudantes (para los diáconos). Sobre todo en
Alemania, junto al presbiterio se ha afirmado el Sinodo (compuesto por
religiosos y laicos), cuya tarea es trazar la legislación eclesiástica, y
asumir la suprema dirección y la administración de las iglesias.
La Iglesia Anglicana nació en
Inglaterra en la época de Enrique VIII (1509-1547). Al separarse de la Iglesia
Romana, se proclamó iglesia del Estado en Gran Bretaña desde el año 1534,
cuando el parlamento reconoció al rey como su jefe supremo. Tienen primordial
importancia el arzobispo de Canterbury, quien vive en Londres y ocupa un puesto
en la cámara de Lords, y el arzobispo de York. El número de anglicanos se
acerca a los 68 millones (4% de todos los cristianos). Como contenidos
doctrinales, el anglicanismo ha desarrollado una síntesis de elementos
luteranos, católicos y calvinistas.
Las corrientes principales de
esta iglesia, desarrolladas desde el siglo xix son: 1. Low Church (Iglesia
Baja), conformada por los evangélicos y cercana al protestantismo, desarrolla
sobre todo una actividad social; 2. High Church (Iglesia Alta) más próxima al
catolicismo, privilegia los elementos rituales y jerárquicos; 3. Broad Church (Iglesia
Amplia), corriente liberal afín a la teología histórico-crítica.