martes, 16 de julio de 2013

PARA 11°

LA RELIGIÓN CRISTIANA 

Es la religión que toma el nombre de Cristo, el ungido, el consagrado por el Señor, apelativo atribuido a Jesús de Nazareth, quien nació, según nuestra cuenta, entre el año 7 y el 4 a.C. A sus seguidores se les llama cristianos. Si el nombre de Jesús era bastante común entre los hebreos, el de Cristo se usaba originariamente como título mesiánico; solo después Jesús Cristo se entendió como nombre único.
Entre las grandes religiones el cristianismo es la que reúne el mayor número de fieles (casi mil millones y medio, o sea 32% de la población mundial) y alcanza la mayor difusión geográfica, sobre todo en Europa y América Latina. Es religión del Estado de Gran Bretaña como religión anglicana, en Finlandia y Noruega (religión evangélico-luterana), en Bolivia, Colombia y Paraguay (catolicismo romano). El jefe de los católicos es el Papa, quien vive en la Ciudad del Vaticano, de la cual es también su soberano temporal.
Siendo el Cristianismo la religión más conocida por los occidentales, daremos solo unos pocos  datos sobre la vida de Cristo y nos concentraremos en los contenidos religiosos del pensamiento cristiano para identificar su núcleo de origen y, poco a poco, los sucesivos desarrollos. Señalamos enfáticamente el valor histórico de las fuentes. Si las discusiones teológicas de los primeros siglos del cristianismo partían de la premisa común de aceptar la realidad sobrenatural y la inspiración divina de los textos sagrados, a partir del Iluminismo nació un interés por  la crítica  histórica que nos permitió leer los textos bíblicos con el fin de encontrar en ellos señales de las distintas etapas de su composición.
Aun hoy se pueden fijar puntos universalmente aceptados: la historicidad de Jesús. Nacido de una mujer, vivió en un determinado período y ambiente histórico sobre el cual conocemos datos precisos y circunstanciales. Los textos escritos que se poseen en la actualidad son el punto de llegada de un largo trabajo de fijación literaria del material catequístico predicado antes de forma oral y “adaptado” al oído de un público.
Los libros del Nuevo Testamento, como veremos, son también el producto de un cierto ambiente histórico, sujeto por lo tanto a ciertos criterios de composición y finalidades precisas.

Vida de Jesús
Jesús, hijo de familia hebrea descendiente de David, nació en Belén en los últimos años del imperio de Augusto, cuando Herodes era el rey de Palestina. Su nacimiento fue un hecho sobrenatural ya que María, esposa prometida de José, supo gracias al ángel Gabriel que había concebido un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo. Jesús, según la costumbre hebrea, fue conducido por sus padres al templo de Jerusalém, donde el viejo Simeón profetizó que sería el salvador de todos los pueblos.
Escapando de Herodes, quien había ordenado matar todos los niños recién nacidos de Belén, Jesús y su familia huyen de Egipto y se establecen en Nazareth.

La historia de la infancia de Jesús se encuentra narrada en el Evangelio de San Lucas, al lado de la de Juan Bautista (quien representa el momento bautismal mesiánico). Juan, alcanzado por la palabra de Dios en el desierto, se dirige a las riberas del rio Jordán  exhortando a todas las gentes al bautismo mediante la inmersión en sus aguas y la confesión de los pecados. Según el Evangelio de San Marcos, también él bautizó a Jesús, y fue precisamente en esa ocasión cuando recibió de Padre Celestial la confirmación de su propia misión: (Mc. 1, 9). Después de esta experiencia Jesús se retira en el desierto y se impone ayuno de cuarenta días durante los cuales sufre la tentaciones del demonio, hasta que lo rechaza definitivamente.
Antes de cumplir los 30 años, Jesús inicia su misión pública en Galilea: se rodea de un grupo de discípulos (entre ellos también mujeres) con quienes recorre toda Galilea, localizándose particularmente en Cafarnaúm y en la región del lago Tiberíades.  Su propósito es el de enseñar las Escrituras en las sinagogas, aunque interviene también en las disputas sobre la validez de la ley del Antiguo Testamento.
Jesús anuncia una buena nueva (eu-angelion): el advenimiento del reino de Dios. Por eso, exhorta a los hombres a cambiar su modo de pensar y de actuar. Pero la novedad estriba sobre todo en el hecho de que tal mensaje se dirige a todos: hebreos y no hebreos, adultos y niños, hombres y mujeres, justos y pecadores, y también a los oprimidos y perseguidos, a quienes Jesús llama beatos en el célebre pasaje de las “bienaventuranzas” (Mt. 5, 3-10).
La doctrina y la obra de Jesús suscitaron agrias hostilidades entre sus contemporáneos. Si los hebreos se escandalizan con las posiciones de Jesús ante los preceptos tradicionales, los romanos lo consideran un peligroso jefe político. Por esta razón, con ocasión de un viaje a Jerusalem en la época de Pascua y no obstante haber sido alabado como mesías, Jesús fue arrestado y condenado a muerte por crucifixión (según la costumbre romana de ajusticiamiento de malhechores y sediciosos). En el año de su muerte, el 30 d.C. según los cálculos más serios,  el procurador romano era Poncio Pilatos. Dicen los Evangelios que Dios no abandonó a su Hijo en el sepulcro sino que lo resucitó y lo elevó hacia Él para tenerlo en su gloria.

Los textos sagrados del cristianismo
Tanto para el judaísmo como para el cristianismo, el término Biblia designa las Sagradas Escrituras; es decir los textos que expresan la palabra de Dios, esenciales para la fe  y la conducta de los fieles. (Véase el capítulo sobre el hebraísmo en cuanto se refiere a la Biblia Hebrea).
La Biblia cristiana comprende dos partes: el Antiguo Testamento (o Biblia Hebrea) y el Nuevo Testamento, escrito en griego. Sobre el Antiguo Testamento (fuera de lo que se dijo en el capítulo anterior) puede añadirse que representa para el cristianismo el período anterior a la venida de Cristo. Debe abordarse con criterio unitario con el Nuevo Testamento.
Es importante detenernos en la divergencia que existe entre protestantes y católicos acerca de la autenticidad de estos textos. Los primeros aceptan el canon adoptado por los hebreos y consideran auténticos solo los escritos redactados en este idioma. A diferencia de la religión hebráica, que tiene un total de 24 libros, el protestantismo le confiere validez a 39 (duplicando los libros de Samuel, los Reyes, Esdra y Nehemías, Crónicas y profetas menores). Los católicos y los ortodoxos añaden a estos 39 texto, siete sacados de la antigua traducción griega de los Setenta: Judith, Tobías, Macabeos, dos libros, Sabiduría, Eclesiastés o Siracide y Baruc, para un total de 46 libros.
El Nuevo Testamento comprende 27 escritos divididos en tres grupos: 1. Cinco textos de contenido histórico (los cuatro Evangelios y los Actos de los Apóstoles). 2. Escritos de carácter doctrinal y moral (21 cartas apostólicas). 3. El texto profectico por excelencia: el Apocalipsis de Juan.
1.    Los Evangelios, o buena nueva, son cuatro y se titulan con el nombre de sus autores: San Mateo, San Marcos (el más antiguo), San Lucas y San Juan. Los primeros tres relatan  los hechos con tal concordancia entre ellos que se puede seguir la narración en forma paralela; por esta razón se les llama Evangelios Sinópticos. Su estructura es (con pequeñas variaciones) la siguiente: present5ación de Jesús, descripción de su obra y de su mensaje, relaciones con los discípulos y con los opositores, su humillación durante la pasión y la gloria de la resurrección. Como ofrecen al lector no solo el anuncio salvador de Jesús sino también la vida y las acciones de Cristo, adquieren un significado histórico-biográfico y un valor de menaje religioso.

En cambio el Evangelio de Juan, escrito hacia el año 100, presenta un estilo, una estructura y un contenido muy distintos a los de los Evangelios Sinópticos: la figura de Cristo asume el significado de Hijo eterno de Dios y portador de la salvación. Se ponen en primer plano los contenidos doctrinales del mensaje, evidenciados por temas: la luz y las tinieblas, la vida, la verdad, el mundo, la gloria de Cristo, su misión.

Los Actos de los Apóstoles, que se remontan a los años 95 – 100 y le atribuyen al evangelista Lucas, narran la primera expansión de la Iglesia a través de la obra de los discípulos. Se refieren particularmente a la comunidad de Jerusalem (guiada por los apóstoles Jacobo y Pedro) y a la actividad de Pablo en su peregrinaje desde Palestina hasta Roma.

2.    Las cartas apostólicas son libros didácticos que resuelven dudas, aclaran doctrinas, hacen exhortaciones con el fin de dirimir controversias, etc.

Las primeras catorce (no solo por su orden) pertenecen a Pablo, el gran teólogo de la nueva revelación y toman el nombre de los destinatarios: Romanos, Corintios I y II, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colonenses, Tesalonicenses I y II, Timoteo I y II, Filemón, Tito, Hebreos. La carta a los romanos (escrita a la comunidad cristiana de Roma con el objeto de prepararla para la visita de Pablo) no es solo la más larga, sino la más importante por su contenido doctrinario y teológico, y por las consiguientes interpretaciones.
 
Fuera de las cartas de Pablo, pertenecen a este grupo las Siete cartas católicas, dirigidas a la Iglesia y designadas con el nombre de su presunto autor: Jacobo, Juan (tres), Pedro y Judas (dos cada uno).

3.    El Apocalipsis de Juan o Revelación de Juan, como se llama en el ámbito protestante, es uno de los libros más difíciles del Nuevo Testamento. Escrito probablemente alrededor del año 90, se propone consolar a los fieles golpeados por las persecuciones de Domiciano  y los invita a la esperanza del regreso de Cristo, quien completará su reino de justicia y de paz, simbolizado en la Jerusalem Celestial. 
Estos escritos del Nuevo Testamento, en el orden en que los hemos presentado, el que ratifica el actual canon, (del griego, medida o norma), constituyen la revelación divina y tienen por lo tanto un valor normativo. Tal canon se fijó en el siglo VI y de esta manera la Biblia se tradujo a unas 1200 lenguas y dialectos. Para los católicos, la traducción latina de S. Jerónimo, llamada Vulgata, fue fundamental; en cambio los protestantes consideraron oficial la traducción alemana llevada a cabo por Martín Lutero (del Nuevo Testamento en el año 1521 y del Antiguo Testamento en el año1523-24). Esta traducción, además de señalar un momento importante y decisivo para la Reforma, representa una etapa significativa en el desarrollo de la moderna lengua alemana. 

Contenidos Doctrinarios

Dios
De la matriz judía llega hasta el cristianismo la concepción de Dios único, señor de todas las cosas que acaba con toda la distinción racial, un Dios de todos. Reúne junto a los caracteres de justicia, omnipotencia, grandeza y Fidelidad, los del padre amoroso y generoso que instaura con sus hijos una particular relación de intimidad.
A diferencia de otras doctrinas religiosas contemporáneas, el cristianismo exhibe una concepción sólida y clara sobre la trascendencia de Dios respecto de todas las cosas. Por consiguiente, se precisa la idea de la creación desde la nada y sus consecuencias relativas: el inicio del mundo en el tiempo, su fin, su insuficiencia. Dios vigila continuamente lo creado y este permanente acto creador se define como Providencia, para indicar el poder de Dios sobre los acontecimientos y sobre la vida humana.
 
Otro eje teológico del cristianismo es la representación trinitaria de Dios: cuando Jesús confía a los apóstoles su encargo misional (volver discípulos a todos los pueblos), expresa la Trinidad en la fórmula bautismal: “Bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 19)
 
La trinidad indica la fe en tres persona divinas (el Padre es Dios, el hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios), que conforman un único Dios: no se trata de triteísmo sino de monoteísmo. En una sola naturaleza divina están comprendidos el Padre, que no fue generado por nadie, el Hijo, nacido del Padre antes de todos los tiempos, y el Espíritu Santo, que desde la eternidad viene del Padre y del Hijo. Esta doctrina de la Trinidad se formuló en los concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381) y las principales Iglesias cristianas lo reconocen.
Jesús Cristo el Salvador
Si es incierto que el judaísmo tuviera una concepción clara del pecado original de la humanidad, hay que afirmar que el cristianismo basó en este concepto se visión de la realidad e hizo de la salvación del hombre un punto nodal de su doctrina. Según el relato del Génesis (3, 1-24), Adán y Eva, la primera pareja humana símbolo de la humanidad entera, pasaron del estado de la perfección otorgado por Dios al pecado original, raíz de todos los pecados (como lo afirma también Pablo en Romanos (5, 12-21)).
Sobre el tipo de pecado, el modo y el grado en el cual se transmite a cada hombre, no hay un acuerdo entre las iglesias y los estudiosos. En síntesis, puede decirse que cualesquiera sea el elemento material que lo representa, el pecado ha de entenderse como desobediencia alimentada por la soberbia, como un acto de orgullo. Las consecuencias de este acto para las Iglesias Orientales y para la Iglesia Romana son: pérdida de los dones sobrenaturales, de la gracia divina  y debilitamiento de la voluntad del hombre. Las Iglesias Protestantes, por el contrario, hablan de una consciente y radical corrupción de la naturaleza humana: cada hombre, en cuanto hombre, es un pecador frente a Dios desde el momento en que nace, es un ser irremediablemente corrupto.
En todo caso, para todas la iglesias del pecado original nace la necesidad de una acción salvadora, de una redención; y con ese fin Dios ha enviado a la tierra a su Hijo, el Salvador.
El Cristo
La doctrina que trata todo lo relacionado con Jesús Cristo, llamada cristología, es una de los aspectos más complejos del cristianismo. Sólo alcanzó una formulación definitiva después de largas discusiones, a lo largo de los siglos que van del IV al VII, y aún así, algunas opiniones permanecen divididas.
Sin duda el Jesús de los Evangelios Sinópticos no es explícitamente el Salvador, como lo encontramos en los textos de Pablo; o el portador de una nueva vida, como lo vemos en los de Juan. Pero  en todos ellos se advierte la consciencia de su misión y del cumplimiento de una tarea. Se afirma en forma categórica el carácter mesiánico de Cristo, la convicción de que era el esperado, aunque se presentara de manera distinta a las expectativas del pueblo hebreo. En un segundo momento se afirma también el concepto de regeneración (como regreso a una condición primitiva), vigorosamente trazado por Pablo en su cuestionamiento sobre la oposición existente entre el primer Adán y el segundo Adán, o sea Cristo: el uno, culpable y causa de muerte de todo el género humano; el otro, Hijo de Dios que se hizo hombre, el justo por excelencia, causa de vida para todos gracias a su muerte voluntaria en la cruz, a su resurrección y ascensión.
Estrechamente vinculado con cuanto se ha dicho, está el problema relativo a la divinidad y la humanidad de Cristo, que se recuerda vivamente en la complejidad de la cristología: si en el Concilio de Nicea (325) se afirma que Jesús Cristo es el verdadero Hijo de Dios y tiene la misma naturaleza del Padre (en griego homousios), en el Concilio de Caicedonia (451) se sostiene que en Cristo están presentes dos naturalezas (divina y humana), unidas en manera indivisible peor no mezcladas (en griego hypostasis).
La antropología cristiana y la enseñanza moral
Antes de ver cómo se desarrolla este itinerario de salvación puesto en marcha con la venida de Cristo, es necesario reflexionar sobre la concepción del hombre según el cristianismo y sobre el contenido ético de esta religión.
En la Biblia, del Genesis al Apocalipsis, proliferan las referencias antropológicas que ofrecen una visión poliédrica y compleja del ser humano. Para sintetizar, puede aseverarse que al hombre se concibe en una triple y esencial relación: con Dios, del cual fue creado a imagen y semejanza como su obra maestra, relación que le confiere una posición privilegiada en el universo; con el mundo natural, con la tierra (en hebreo adamah) y, por último, con los otros seres humanos. Como se dice en la Biblia: “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, hombre y mujer los creó” (Gen, 1, 27); de donde cabe interpretar que la forma de interacción con Dios, como relación de amor, es el fundamento de la relación interpersonal.
De aquí se desprende la relevancia de la persona humana en el cristianismo; en las mismas Escrituras se afirma su valor ultracorpóreo (o inmortalidad): el hombre vive por un soplo de Yahvé y es iluminado por la luz del Logos (Mateo, 16, 26). Una característica del cristianismo es la ausencia de una contraposición dualista entre alma y cuerpo, ya que la primera, aunque continúa existiendo después de la disolución del segundo, esté destinada a reasumirlo al final de los tiempos y el ser humano será salvado enteramente. Como dice Pablo en la 1 Carta a los Corintios: “Los muertos se despertarán incorruptibles”.
La centralidad en el ser humano surge de un hecho principal: no se encuentra subordinado a ninguna finalidad mundana y su relación con los demás seres y cosas se presenta como un medio y jamás como un fin. El fin del hombre es solo Dios, Él se dirige la responsabilidad individual a la cual está ligado el destino de cada uno.
Se da gran importancia a la libertad personal y a la libertad escogida, lo que trae como consecuencia un dominio del hombre sobre sus acciones, el mérito y el desmérito. Además, se afirma el concepto de la interioridad humana del bien y del mal, y la superioridad de los intereses espirituales sobre los temporales (con grandes posibilidades de vuelcos sociales y políticos, que Jesús no consideró): el mal se encuentra más   en la voluntad que en la carne o la materia, no como se muestra en cierto malentendido platónico que así lo hacía creer en el pensamiento griego. El valor o la virtud de una acción n o dependen del éxito, sólo de la intención y de la voluntad del hombre, voluntad de la cual se revela sólo un aspecto en la parte exterior.
Antes de terminar esta parte sobre la ética cristiana es preciso retomar cuanto se ha dicho sobre el pecado original: si el renacimiento espiritual del hombre resulta posible gracias al sacrificio de Cristo, las corrientes cristianas se dividen según la concepción de este camino de reconciliación.
Las Iglesias Orientales y la Iglesia Romana consideran que los hombres reciben ayuda y apoyo del Espíritu Santo y con sus buenas obras pueden merecer la gracia divina y ganar la felicidad eterna. Las Iglesias Luterana y Calvinista, por el contrario, señalan que el estado del hombre es el de un constante pecador frente a Dios y afirman que tal estado se modifica sólo con la justificación de Cristo (concepto fundamental de Pablo), o sea únicamente por su voluntad.
En otros términos si los hombres no pueden iniciar por sí solos el renacimiento, éste adviene como la ayuda exclusiva del Espíritu Santo. Ayuda que se entrecruza con la doctrina de la predestinación, desarrollada sobre todo por Calvino: Dios salva con la gracia a aquellos que con su inescrutable destino han elegido una vida santa y el éxito en el mundo es apenas un signo visible de ésta elección.
La gracia de Dios, invisible directamente, se imparte mediante símbolos visibles: los sacramentos. Los católicos consideran que los sacramentos producen la gracia ex opere operato (según la intención de Cristo) independientemente de la persona que los imparte y en unión con la intención de quien los recibe (que debe estar libre de pecados, ex opere operantis). Para las Iglesias Orientales y la Iglesia Romana los sacramentos son siete: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, unción de los enfermos, sacerdocio y matrimonio. Las Iglesias Luteranas y las reformas reconocen sólo dos sacramentos: bautismo y eucaristía.
Regresando a la ética, estrechamente unida a este mensaje soteriológico y con su carga escatológica (la instauración del reino de Dios largamente preparado y alcanzado en la plenitud de los tiempos), podemos ver que en vista de la venida del reino, el empeño ético del cristiano se concreta en la “conversión”, o metanoia, que aparece como respuesta al don de la gracia: la acción moral prescinde de una recompensa y debe entenderse solo como respuesta al don recibido.
El principio de la conducta es, según las mismas palabras de Jesús, el amor o ágape, que en el Nuevo Testamento significa amor de Dios, ejemplificado en el amor recíproco entre los seres humanos.
Como se observa en la Parábola del Buen Samaritano, Jesús no circunscribe el amor del prójimo a los compatriotas, sino que lo promulga entre todos los hombres que, como hijos de Dios, son hermanos; y también entre los enemigos, consagrando de este modo la anulación de cualquier formalismo y barrera jurídica en nombre de la universalidad existencial.
Junto al precepto del amor, encontramos en el Nuevo Testamento los Diez Mandamientos que resaltan la tradición hebrea y que mantienen aquí su valor de decálogo, aunque presenten un orden distinto en los diversos catecismos cristianos. Para los católicos, existe además la observación de otras normas y prohibiciones que, para distinguirlas de los mandamientos, se denominan “preceptos de la Iglesia”. Los cinco más importantes son: 1. Santificar las fiestas. 2. Participar en la misa. 3. Realizar ayuno y abstinencia. 4. Confesarse al menos una vez al año. 5. Comulgar al menos una vez al año en Pascua.
Iglesias e instituciones eclesiásticas
Después de la muerte y la resurrección de Cristo, sus discípulos comenzaron a reunirse para orar y celebrar juntos la eucaristía. Más adelante se dedicaron a suministrar el bautismo y a invocar el don del Espíritu Santo: se construyó de esta manera de la primera comunidad cristiana de Jerusalem.
Tras la revuelta hebrea contra los romanos (66-70), la comunidad se trasladó a pella, en Transjordania, y conservó las características de comunidad judeo-cristiana. La distancia frente al judaísmo, y por lo tanto el primer cristianismo, se desarrolló del año 70 al 150 d.C. cuando concluyó el período post-apostólico.
En el curso de la historia han existido varias comunidades e Iglesias que se diferencian entre sí por la profesión de fe. Las mayores iglesias organizadas hoy son: la Iglesia Católica, las Iglesias Orientales, las Iglesias Protestantes y la Iglesia  Anglicana.
La Iglesia Católica es considerada originalmente como la Iglesia total, universal (katholikos en griego quiere decir universal) Jesús mismo la fundó con Pedro a la cabeza (quien recibió una primacía de jurisdicción que debe perpetuarse a través de los siglos). Era una comunidad con fines religiosos y una estructura monárquico-jerárquica de ordenación y magisterio. Sucesor de Pedro en la primacía universal es el obispo de Roma, o Papa, quien guía a todos los arzobispos y obispos de su Iglesia. El Papa tiene poder jurisdiccional sobre los obispos, pero no el privilegio de la infalibilidad: no puede equivocarse en materia de fe cuando hace afirmaciones doctrinales y morales ex cáthedra (emanadas de la cátedra apostólica de Pedro). Los Concilios Ecuménicos de todos los obispos católicos, realizados bajo la orientación del Papa, desempeñan una importante función de guía para la Iglesia.
Después de la Reforma, el término católico adquirió una connotación de corriente que permite distinguir las iglesias que siguen a Roma de aquellas que reconocen la autoridad del protestantismo, producto de la Reforma.
Actualmente los católicos son el 57% de todos los cristianos (más de 884 millones) y se dividen en dos corrientes principales: Iglesia Católica-Oriental o Iglesias Unidas. Éstas últimas cuentan con cerca de nueve millones de fieles y son iglesias que mantienen el rito oriental y la lengua litúrgica de su país, pero reconocen la primacía del Papa y la comunidad con la Iglesia de Roma. 
Las Iglesias Orientales son las que aparecieron en el antiguo Imperio Romano de Oriente, o las que se desprenden de él. Las más numerosas son las Iglesias Ortodoxas, llamadas así porque aceptan las orientaciones de los Concilios de Nicea, Efeso y Calcedonia (en contraposición a los Arianos, Nestorianos y Monofisitas, que constituyen otras Iglesias Orientales). Los fieles ortodoxos son cerca del 1.8% de todos los cristianos (casi 130 millones). Estas iglesias ortodoxas, aunque coinciden en la doctrina y las formas del culto (practican todas el culto bizantino), se definen así mismas como “autocéfalas” (autos=propio, kephale=cabeza): cada una tiene un jefe nacional y solo reconocen una cierta primacía al patriarca de Constantinopla (cabeza de las sedes metropolitanas). Otros patriarcados importantes actualmente son los descendientes de los cuatro antiguos de los primeros siglos del cristianismo: Alejandría (sede actual en el Cairo), Antioquia (sede actual, Damasco9, Jerusalén y Constantinopla. También estas iglesias presentan una estructura jerárquica articulada en tres grados: diáconos, sacerdotes y obispos.  
 
La principal iglesia ortodoxa es la rusa, con el patriarcado de Moscú. Con la caída de Constantinopla (1453), el mentor de esta iglesia se autodenomino Patriarca de la “Tercera Roma” para subrayar su importancia como preceptor del mundo ortodoxo.
Otras iglesias orientales son, como hemos dicho, los Nestorianos y los Monofisitas. Los primeros toman su nombre de Nestorio, patriarca de Constantinopla del 428 al 431, siguen el rito caldeo y como lengua litúrgica usan el sirio.
Los Monofisitas (en griego monos, fysis = naturaleza) solo le reconocen un valor divino a la naturaleza de Cristo. Aunque esta doctrina fue condenada en el Concilio de Calcedonia (451), con ella se relacionan todavía hoy la iglesia Copta (o Iglesia Cristiana  de Egipto), la Etíope (iglesia presente en Etiopía y caracterizada por la liturgia protocristiana), la Jacobita (que se divide en siro occidental y siro malabárica, presente este último en India) y la Armenia (la más antigua iglesia autocéfala de Oriente, llamada también Iglesia Gregoriana).
Las iglesias protestantes nacieron en el siglo XVI después de la Reforma y se desarrollaron originariamente en Alemania por obra de Martín Lutero (1483-1546). Tomando como pretexto las indulgencias y la corrupción de la iglesia de Roma, Lutero presento contenidos doctrinarios inéditos y renovados. Si el término protestante viene de la “solemne protesta” o testimonio explícito en la dieta de Spira, los fieles mismos prefieren definirse como evangélicos, toda vez que el espíritu de la Reforma fue el de renovarse en forma en forma radical según el Evangelio y el cristianismo primitivo.
Los protestantes cuentan hoy con cerca de 292 millones de seguidores, o sea el 18% de todos los cristianos. Al interior de las iglesias evangélicas se distinguen: los luternanos (casi 43 millones), presentes sobre todo en Alemania; los reformados, comunidades que siguen las doctrinas de U. Zwinglio (1484-1531) y de J. Calvino (1509-1564) presentes en Suiza, Alemania y los Países Bajos (en Inglaterra y los Estados Unidos toman el nombre de presbiterianos y su número total de fieles es 32 millones); y los puritanos, también de ascendencia calvinista, presentes en Escocia, Inglaterra y Norte América. Otros grupos menos importantes son los bautistas, los metodistas y los cuáqueros. Mencionemos también una iglesia cercana al protestantismo, la Valdesa, fundada en 1176 por un comerciante de Lyon, y que preconiza una idea rigurosa sobre la pobreza evangélica.
La organización interna de las iglesias evangélicas es de tipo presbiterial: Cada comunidad   goza de una administración autónoma en donde los presbíteros (en griego = los más ancianos) forman bajo la presidencia de un pastor un consistoire o presbiterio, que debe asumir cuatro funciones espirituales: el anuncio de la palabra (reservado al pastor y a los predicadores), la enseñanza (reservada a los doctores), el gobierno de la comunidad ( tarea del presbiterio) y la función de ayudantes (para los diáconos). Sobre todo en Alemania, junto al presbiterio se ha afirmado el Sinodo (compuesto por religiosos y laicos), cuya tarea es trazar la legislación eclesiástica, y asumir la suprema dirección y la administración de las iglesias.
La Iglesia Anglicana nació en Inglaterra en la época de Enrique VIII (1509-1547). Al separarse de la Iglesia Romana, se proclamó iglesia del Estado en Gran Bretaña desde el año 1534, cuando el parlamento reconoció al rey como su jefe supremo. Tienen primordial importancia el arzobispo de Canterbury, quien vive en Londres y ocupa un puesto en la cámara de Lords, y el arzobispo de York. El número de anglicanos se acerca a los 68 millones (4% de todos los cristianos). Como contenidos doctrinales, el anglicanismo ha desarrollado una síntesis de elementos luteranos, católicos y calvinistas.
Las corrientes principales de esta iglesia, desarrolladas desde el siglo xix son: 1. Low Church (Iglesia Baja), conformada por los evangélicos y cercana al protestantismo, desarrolla sobre todo una actividad social; 2. High Church (Iglesia Alta) más próxima al catolicismo, privilegia los elementos rituales y jerárquicos; 3. Broad Church (Iglesia Amplia), corriente liberal afín a la teología histórico-crítica.  
 

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